sábado, 7 de abril de 2007

Un cumpleaños en Sarhua

La versión original de este artículo lo puedes encontrar en: DIARIO EL COMERCIO. Esta difusión del artículo de María Jimena Pinilla es en homenaje a su persona que hace poco nos dejó.

"Esta es la crónica de un viaje a Sarhua, pueblito ayacuchano conocido por sus artesanías. Jimena Pinilla Cisneros lo relata para El Comercio.

Descubrimiento. Esta es la historia con final feliz de una expedición que se internó en la sierra de Ayacucho a celebrar un cumpleaños. El lugar: un pueblo de tres mil habitantes, al sur de Huamanga, solo conocido por pocos gracias a sus tablas pintadas.

En Sarhua la pobreza luce sombreros de colores con flores. La marginación se cubre con polleras decoradas. El abandono se viste de gala con ponchos de oveja teñidos. En esta comunidad ayacuchana se puede hacer de un cumpleaños una fiesta, aunque no haya torta ni velas prendidas y nadie sepa cantar Happy Birthday. Una gallina y cancha tostada se convierten en el mejor homenaje. A Sarhua me la presentaron sus tablas, esos retazos de historia pintados a mano que artesanos de la comunidad instalados en Lima me habían mostrado con paciencia. Son el regalo principal cuando una pareja de recién casados se muda a una casa nueva, me explicaron. Los padrinos las mandan a hacer para poner en los techos a modo de vigas. Retratan en recuadros el árbol genealógico y la vida de la nueva pareja. Pero más allá de curiosidades artísticas, había un motivo que empujó a toda una delegación variopinta a movilizarse hasta Sarhua, pequeño pueblo de Víctor Fajardo, con no más de tres mil habitantes y 3.300 metros de altura. Mi hermana, Susana, presidenta del Idesi, organización que desde hace más de quince años se dedica a dar créditos y capacitación a pequeños empresarios y artesanos, había sido invitada por los csarhuinos y ella usó de pretexto su cumpleaños para incluirnos en este viaje de auténtico reconocimiento. Para apuntarme entre los viajeros, tuve que solucionar antes un pequeño detalle: conseguir una buena dotación de oxígeno para respirar si me faltaba el aire.

AL OTRO LADO DEL RÍO
Hay 125 kilómetros de distancia de Huamanga a Sarhua. Esto en la Panamericana equivale a poco más de una hora. Pero en la sierra, donde los caminos son trochas que suben y bajan cerros abruptos, esos 125 kilómetros pueden recorrerse en seis horas si uno no es conocedor de la ruta y hasta diez si es de noche. El camino a Sarhua parece trazado por un hombre borracho. "Es muy imprudente viajar de noche por acá, hay muchos asaltos", nos dijeron a mitad de camino dos policías. Víctimas de un pánico repentino, logramos que nos acompañaran el tramo de la puna que ellos decían era el más peligroso. "Faltan tres horas", nos informaron cuando nos dejaron. Esa razón sería la causa de la división de la comitiva. Dos camionetas, la mía incluida, decidió quedarse en Pampa Cangallo, para emprender el resto del camino a la mañana siguiente. Las otras dos y el bus-camión rentado para la ocasión siguieron adelante. "Quedan 40 minutos de viaje", decían. A estas alturas, el tiempo se había vuelto demasiado manipulable. Así, mientras siete desertores pasaban la noche en la cama de un hotel barato, mi hermana y el resto de la comitiva seguían su camino. El bus-camión se tambaleaba en cada curva y no se veía nada que no iluminaran los faros de los tres carros. Cuando la mañana siguiente llegamos al río, no podíamos creer cómo habían logrado surcar semejante obstáculo a ciegas. Un puente moderno nos sacaba la lengua, todavía no estaba habilitado. Las alternativas: cruzar el río por su cauce o hacerlo por un puente colgante a punto de desmoronarse. Optamos por lo segundo y lo logramos con la ayuda de dos hombres, conocidos como los guardianes del puente. Nos enteraríamos después de que también habían apoyado a la otra comitiva que finalmente había llegado a Sarhua a las 4 de la mañana. A esa hora, la banda del pueblo los seguía esperando con varios tragos encima y los instrumentos por demás afinados para celebrar el cumpleaños.

LA CASA DE EDILBERTA
No hay lujos en la casa de Edilberta López, ella lo sabe y no se avergüenza. Dos parejas en dos camas fue su disposición. Diez soles la noche, la tarifa simbólica. Una sala con paredes descascaradas y piso de tierra afirmada, nuestro hogar por un día. Trozos de piel de oveja fungían tanto de alfombra en el suelo como de cojines en la banca del comedor. Nuestra anfitriona lo tenía todo preparado: afuera dos jóvenes cocinaban el almuerzo. En un cuartito varias ollas se calentaban a la leña. El menú: una sopa de cordero, arroz y papa y de segundo un estofado también de cordero. Al final una tasa de muña, hierba prodigiosa que dicen es más efectiva que la hoja de coca para combatir a la altura. Pero eso vendría después. Antes nos alquilaron trajes típicos para mimetizarnos con la población. Un batallón de caras pálidas se sometía así a polleras, sombreros y ponchos con un entusiasmo infantil. Nos contó Edilberta que el Pachaticray es una ceremonia en Sarhua que se realiza cuando sus pobladores regresan de la ciudad. Afuera los esperan sus parientes para cambiarles la ropa occidental por la propia. Algo parecido había pasado con nosotros, aunque no nos habíamos tenido que despojar de nuestras prendas urbanas. Era gracioso ver los intentos torpes de los miembros de esta delegación citadina por bailar huaino. También era enternecedor las caras de los niños cuando veían a esta limeña achacosa caminar con una mochila de oxígeno en la espalda. Eramos la atracción del pueblo y fuimos como tales ubicados en una tarima. Bailes, canciones y poemas se sucedían sin descanso. Un grupo de niños descubría el juego perfecto: le pegaba a las camionetas para que la alarma gritara y mi esposo perdiera la paciencia. "¿Por qué llora su carro?", le preguntó un músico a mi amigo español. En la casa de Edilberta, como en todas las del pueblo, no hay baño. Solo un silo al que uno debe llegar con linterna cuando está oscuro. La luz de las estrellas no basta para evitar caer en alguna zanja y la electricidad no alumbra esas zonas sombrías. En mi caso, cuando las necesidades fisiológicas fueron apremiantes, sentí como si estuviera haciendo un ejercicio del servicio militar. Ranas sobre un silo. Casi me muero de asfixia. En la noche tomaría una decisión: si necesitaba ir al baño, usaría la bacinica. La oscuridad jugaría a mi favor en este cuarto compartido. La comida, compuesta de sopa con fideos, fue seguida por una larga tertulia. Nuestra anfitriona nos contó que había estudiado en la Universidad de Huamanga y vivía en la ciudad, pero regresó a su pueblo convocada por el Consejo Edil donde trabaja. Tiene tres hijos, los dos primeros mayores, pero el tercero, un niño, está en Huamanga. Cuando lo trajo a la comunidad tenía 6 años y como el niño empezó a dominar el quechua, el padre decidió regresarlo a la ciudad. No quería criar a un quechuahablante. El esposo de Edilberta fue siempre un enigma para nosotros, nos saludó y no lo volvimos a ver. Nunca supimos su nombre. Tampoco se unió a la conversación nocturna, su esposa prefirió invitar a un ingeniero a ese interrogatorio politemático al que sometieron a la pareja de vascos que compartían la casa.

LOS PRIVILEGIADOS
En la mañana, nosotros que no habíamos sentido frío gracias a las cuatro frazadas de oveja que Edilberta había puesto en cada cama, pudimos confirmar lo privilegiados que habíamos sido. Otros miembros de la delegación urbana habían tenido que dormir en el suelo, algunos en casas sin puertas ni ventanas y hubo quienes gozaron de vista a las estrellas gracias a huecos en el techo. La avena de manzana del desayuno me dio fuerzas para visitar los talleres del pueblo. Así llegamos donde Marcial Berrocal. Un tipo curioso, duro con el regateo y amante de sus trabajos. Tanto que un amigo le quiso comprar una tabla a 350 soles, pero él se negó a venderla: "la necesito para una exposición en abril del próximo año", le dijo y le ofreció hacerle una para diciembre. La partida llegó pronto. Tan pronto que no pudimos conocer la iglesia. Tan pronto que no pudimos conversar con esos escolares que vendían boletos de una pollada para viajar al Cusco. Tan pronto que no pudimos agradecerle una vez más a Edilberta por sus atenciones. No queríamos que nos volviera a atrapar la noche. Fue un día completo el que pasamos en Sarhua. Para mí, 24 horas como turista en un país que no conozco."




Autora del artículo: JIMENA PINILLA CISNEROS.

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